El Partido Colorado es incompatible con el devaluado mileísmo

El Partido Colorado no gobierna con dogmas, sino con responsabilidad histórica. Construimos estabilidad macro y un clima de negocios confiable, lejos del odio al Estado y de los experimentos de Javier Milei. 

Somos el partido de O’Leary, de Ignacio A. Pane y de Natalicio González, no de Rothbard, Hayek ni Milton Friedman. El Partido Colorado no nació ni se consolidó desde el odio a lo público ni desde la idolatría del mercado, sino desde la convicción de que el Estado paraguayo debía ser levantado como herramienta de justicia social y orden republicano, progreso económico y defensa de la soberanía nacional.

Nuestra historia demuestra que es posible construir un Estado moderno y confiable: con políticas sociales responsables, sin caer en el populismo; con respeto a la propiedad y apertura al mundo; con estabilidad macroeconómica, control de la inflación, moneda nacional fuerte y estable, grado de inversión y un clima de negocios que inspira confianza.

Desde la posguerra del 70, la ANR asumió la tarea de recomponer un aparato estatal devastado e integrar a campesinos, trabajadores y mujeres a la vida nacional. El primer Código Laboral, las vacaciones pagadas, la sindicalización a través de la fuerza organizada de la Organización Republicana Obrera (ORO) y la conquista del voto femenino son hitos que sólo pueden explicarse en clave colorada: el compromiso social como motor de la nación.

Nuestros pensadores nos marcaron el rumbo. Ignacio A. Pane y Telemaco Silvero defendieron siempre la idea de un Paraguay más justo, y el doctor Luis María Argaña explicitó que ese horizonte debía ser el corazón programático del coloradismo, en afinidad con la Doctrina Social de la Iglesia y las encíclicas Rerum Novarum y Quadragesimo Anno. Para el Partido Colorado, la justicia social nunca fue solo un eslogan: lo reivindicamos con orgullo como nuestra razón de ser y nuestra contribución histórica a la política paraguaya.

Natalicio González, por su parte, sostuvo que el Estado debe ser servidor del hombre libre, nunca un ídolo ni un enemigo. Y sugirió que el coloradismo no está anclado en las coordenadas rígidas de la filosofía política europea ni en sus ficciones conceptuales de izquierda y derecha. Somos, por eso, una tercera posición genuinamente nacional, que hizo de la cuestión social su razón de ser, al mismo tiempo que impulsó la modernización y respaldó la producción nacional.

Por estas razones, no somos un partido que reivindica enemigos de la nacionalidad como supone para un argentino enaltecer a Margaret Thatcher, como lo hizo el devaluado Milei que acaba de recibir una paliza electoral en su país. Somos el partido de Francia, López y Caballero, y de los grandes héroes de la nacionalidad que forjaron nuestra historia y nuestra soberanía. El partido de la afirmación telúrica de nuestra larga vocación a existir como nación independiente.

Pero no solo somos el partido centenario de la memoria nacional, orgánico y con fuerza institucional. Somos también el presente: un partido que en el siglo XXI inició la refundación moderna de la economía y la sociedad.

Desde el 2003 en adelante, nuestra asociación política lideró una transformación profunda del Paraguay. Alcanzamos superávit fiscal sostenido, control de la inflación, expansión de la urbanización y el surgimiento de nuevas clases medias. Logramos reducir la pobreza de más del 50% a inicios de los 2000 a menos del 20% en la actualidad.

Estos logros sociales y económicos no necesitaron del dogmatismo libertario, ni del odio a los partidos políticos, ni del insulto al funcionariado público. Se alcanzaron desde el pragmatismo colorado, con un Estado moderno y eficiente que avanzó en políticas como Tekoporã, el Programa Abrazo y la tarifa social de energía.

Bajo el gobierno de Horacio Cartes dimos un salto en infraestructura, impulsamos reformas de responsabilidad fiscal y fortalecimos la competitividad del país, políticas que continuaron profundizándose en los sucesivos gobierno. Hoy, con el presidente Santiago Peña, avanzamos hacia nuevas conquistas sociales como Hambre Cero y Che Róga Porã, manteniendo siempre la estabilidad macroeconómica como sello colorado.

El Partido Colorado nunca fue un partido de la ortodoxia fundamentalista, sino una fuerza política que entiende la doctrina como construcción permanente. Mientras otros se encierran en consignas rígidas, nosotros elegimos ser intérpretes vivos del ser nacional, capaces de escuchar su latido y traducirlo en acción.

Así quedó demostrado en la pandemia, durante el gobierno de Mario Abdo, aplicando políticas contracíclicas y recurriendo al déficit fiscal para sostener a nuestra gente en el momento más difícil. Y así también supimos corregir a tiempo, retomando la senda de la convergencia fiscal bajo el liderazgo del equipo económico del presidente Peña. Esa capacidad de adaptarnos sin perder el rumbo es la mejor prueba de que no gobernamos desde dogmas ni consignas, sino desde la responsabilidad histórica de un partido que sabe combinar flexibilidad pragmática con visión de futuro.

El coloradismo no tiene nada que aprender del mileísmo, no por desdén hacia el aprendizaje externo, sino porque es incompatible con nuestra historia y nuestra doctrina. Frente a un experimento incierto, nosotros representamos un partido centenario que ha sabido construir.

Es el propio proceso paraguayo, forjado en la adversidad de dos guerras devastadoras, el que tiene mucho que enseñar: cómo, paso a paso, se levanta un Estado moderno sobre ruinas, sin abandonar nunca la continuidad nacional. Esa experiencia viva es la que da sentido y vigencia a nuestra doctrina, más allá de cualquier moda ideológica pasajera.

Nuestra tradición no es la de los dogmas, sino la de la elaboración pragmática del poder al servicio del pueblo paraguayo. Somos el partido de la nación, de la justicia social, de la modernización del Estado y del latinoamericanismo solidario. En esa síntesis se encuentra nuestra fuerza y nuestra misión para el Paraguay del futuro.

Fuente: El Trueno.